EL SÍNDROME DEL FOTÓGRAFO TURISTA Y LOS TERRITORIOS INVISIBLES

EL SÍNDROME DEL FOTÓGRAFO TURISTA Y LOS TERRITORIOS INVISIBLES

Llegar a una ciudad nueva con una cámara en la mano no siempre es una experiencia placentera. A veces es exactamente lo contrario.

Hay una expectativa silenciosa —propia y ajena— de que deberíamos saber qué hacer, qué fotografiar, hacia dónde mirar. Después de todo, estamos viajando, estamos en un lugar “interesante”, estamos haciendo fotografía. Pero lo cierto es que muchas veces, al llegar, no pasa nada.

Caminamos. Miramos. Disparamos poco o nada. Y esa sensación incómoda empieza a aparecer: la de estar fuera de lugar.

A ese estado yo lo llamo el Síndrome del Fotógrafo Turista.

No es una falta de técnica.
No es falta de experiencia.
Es una desconexión.

El fotógrafo turista no es un principiante

El fotógrafo turista no es alguien que no sabe usar una cámara. Es alguien que, aun sabiendo, no logra vincularse con el lugar que está fotografiando.

Está presente físicamente, pero no visualmente.Ve postales antes que escenas. Reconoce clichés antes que relaciones.

Y muchas veces se frustra, porque siente que debería estar produciendo imágenes, pero no sabe desde dónde hacerlo.

Este síndrome no se supera aprendiendo más reglas. Se atraviesa viviendo el lugar.

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Los territorios invisibles

Con el tiempo entendí que, al llegar a una ciudad nueva, no entramos directamente en la fotografía. Antes de eso, atravesamos una serie de territorios invisibles.

No están en los mapas. No aparecen en guías de viaje. Pero determinan profundamente cómo miramos.

1. El territorio cultural

Es el primer impacto.

Los códigos sociales, los gestos, la forma de hablar, de vender, de caminar, de ocupar el espacio.
Lo que está permitido y lo que no. Lo que incomoda. Lo que nos observa de vuelta.

Mientras este territorio no se procesa, la cámara pesa. Nos sentimos torpes, intrusos, inseguros.

2. El territorio geográfico

Tiene que ver con la orientación.

Entender cómo se organiza la ciudad, qué calles conectan con cuáles, dónde empieza un barrio y termina otro.
Reconocer referencias, ritmos, recorridos.

Sin este territorio, caminamos sin dirección.
Y eso se nota en las imágenes.

3. El territorio fotográfico

Es el último en aparecer.

No es el lugar “bonito”, sino el lugar fotografiable para uno.
Donde empiezan a surgir relaciones visuales, repeticiones, tensiones, colores, gestos.

Este territorio no se fuerza.
Aparece cuando los otros dos se asientan.

Atravesar no es entender: es habitar

Importante aclararlo:
atravesar estos territorios no significa comprenderlos del todo.

Significa dejarlos pasar por el cuerpo.

Uno no “termina” el territorio cultural.
Uno se relaja dentro de él.

Y recién ahí algo cambia. No porque el lugar se haya vuelto familiar, sino porque uno dejó de resistirse a él.

El tiempo no acelera los territorios. Los asienta.

Y sólo cuando ese tiempo fue vivido —no apurado—el cuerpo deja de estar en alerta y la mirada empieza, de verdad, a estar disponible.

Fotografía como consecuencia, no como objetivo

Cuando ese cambio sucede, la fotografía deja de ser el centro del viaje.
Y paradójicamente, mejora.

Ya no se trata de producir imágenes para justificar la presencia, sino de responder a lo que sucede delante nuestro.

El mercado, la calle, el caos o la rutina cotidiana dejan de ser escenarios exóticos y se vuelven espacios habitables.
Y la fotografía aparece como consecuencia natural.

Garbage City, Cairo. Lenny Ruiz

Garbage City, Cairo. Lenny Ruiz

Continuidad, no conclusión

Esto no es un punto final.
Es un punto de partida.

Cada ciudad reactiva estos procesos.
Cada viaje los reorganiza.
Cada regreso los resignifica.

Nombrarlos no es encerrarlos.
Es poder volver a ellos.

Y seguir caminando.

 

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Las PEORES fotos las haces al llegar. El Síndrome del FOTÓGRAFO Turista.

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